Fiesta de Toros

Talavante, herido y condecorado

Talavante, herido y condecorado

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El extemeño corta una oreja un buen quinto que completaba el mejor y más encastado lote de una corrida de Núñez del Cuvillo de injusto final.
Frente a la revolución silenciosa de los claveles en sombra, el alzamiento de pancartas reivindicativas en el sol del «7». El ambientazo de gala de las viejas tardes de San Isidro. Rebosaba la plaza por las tejas. El ansiado cartel de «no hay billetes» colgaba desde la mañana en las taquillas. El nuevo asalto al trono de Alejandro Talavante en directa rivalidad con Roca Rey como gancho. Y Juan Bautista que decía que no venía de convidado de piedra.La faena de Bautista como telonero respondió aseadamente a su papel. Sueltecito de carnes, largo y estrecho, de escaso perfil y parco cuello, anchas las sienes del salinero cuvillo. La piel como camuflaje del contado trapío. Su boba bondad sin terminar de humillar permitió al galo la facilidad de su toreo. En el ecuador de la obra, la tercera y cuarta serie de derechazos, descolgados los hombros, relajada la figura, sonaron a remontada. La pérdida de la muleta en el momento exacto de cierta ebullición y luego el extenso metraje devolvieron la frialdad.En las antípodas, la chispa encastada de un jabonero sucio, bajo y hechurado, que cerraba la cara con fina armada. Más trapío que su hermano de camada y, sin embargo, se sintieron algunas protestas (emoticono de sorpresa). La seriedad aumentaba con su manera de arrear. La alegría descolgada de Tristón que se coronaba con un ligero tornillacito. Alejandro Talavante se puso pronto a torear. Entre las rayas la derecha, un cambio de mano y un molinete zurdo subieron los decibelios. Y desde ahí a las afueras. Frondosas las tandas ligadas, intercalados los lados, una especialmente cuajada, de seis redondos y dos pases de pecho. Viajaba el cuvillo por ese pitón con más ritmo y limpieza que al natural. Cobró la faena el relumbrón del descaro cuando el toro amagó con varias paradiñas. Talavante ensoberbecido y crecido. La plaza caliente pero no tanto como merecía la transmisión del toro. La prueba es que por un solo pinchazo se apagó la llama de la pasión. En el punto de ligereza de AT, tan a su aire, quizá se hallaba la clave de por qué no ardió Troya con la loable faena: que calentó sin dejar poso.
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A Roca Rey no se le vio cómodo con el colorao y chorreado tercero, de ofensiva cara en su recortadas hechuras. Entre los estatuarios del prólogo a las manoletinas del epílogo, la faena no despegó: el toro se apoyaba demasiado en las manos sin salirse nunca del todo de los vuelos. Un bajonazo afeó su voluntarismo.Bautista y Talavante compitieron en quites sin huella -uno malabarístico del francés, como por crinolinas- ante el hondo cuarto de contado poder y buena clase. Jugaron con el pañuelo verde que no fue. La labor de Jean Baptiste Jalabert se antojó profusa en su querer, arropada por un coro de continuas protestas. Alejandro Talavante cayó herido sin caer. Se resistió a ser llevado a la enfermería cuando el astifinísimo quinto con hechuras de dije lo volteó con violencia. La colada por el derecho hizo carne. El hilo de sangre que manaba por el agujero del muslo de la taleguilla tiñó por entero de negro la media rosa. Antes y después del percance, el cuvillo había planeado por la mano izquierda con su importante fondo. Talavante trazaba el natural con muleta volandera. La quietud unificaba la velocidad. Y el dramatismo de la sangre lo ascendió a los cielos. Un muletazo mirando al tendido quedó entre desafiante y desabrido. La estocada al encuentro se desprendió de la cruz. La muerte lenta del toro convulsionó la plaza. AT agarró la oreja y emprendió el camino de la enfermería con la medalla del honor, el corazón púrpura al valor, la condecoración a la dignidad del congreso de la tauromaquia. Pero hay un Talavante mejor.
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Roca Rey pisó el acelerador con el despampanante sexto. Un zamacuco de cuvillo. Como en toda su tarde, no perdonó el quite. Capote a la espalda y los arrestos por delante esta vez. Otra vez. Pero en el impactante péndulo del arranque de faena el toro se lesionó y se descoordinó. Como si se hubiera abierto de mala manera. Injusto final para la corrida de Núñez del Cuvillo. No hubo otra que matarlo. Queda una cita pendiente con Madrid.

Fuente: El mundo.
Fotografía: El mundo.

Kristel Mauricio

mayo 25th, 2017

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